Eneko López: “Richard Harris comía sólo con whisky”
Entrevista a un extra del cine cargado de anécdotas
Eneko López Senosiain, pamplonés de 52 años, no iba para actor. Pero el azar le llevó a participar como extra en el rodaje de tres películas. Robin y Marian, La conquista de Albania y La trastienda fueron los filmes en los que nuestro protagonista conoció los entresijos del cine por dentro y los vicios y virtudes de las estrellas del celuloide.
¿Eneko López fue extra por vocación?
Fue por casualidad. Acompañé a un amigo al cásting en Pamplona y en lugar de a él me seleccionaron a mí.
¿Era más guapo que su amigo?
Tenía el pelo más rojizo y más barba. Y era más corpulento que él. Daba el perfil.
¿Qué buscaban para esa película?
Era el rodaje de Robin y Marian, de Richard Lester, y querían varones para hacer de extras. Tenían que parecer hombres británicos de la Edad Media. Y allí nos juntamos un buen grupo de gente. Parecíamos una cuadrilla de vikingos.
El primer día de rodaje, usted se levanta de la cama y…
Me vinieron a buscar en un Tiburón, un cochazo que se veía poco en aquellos años y me llevaron al lugar donde rodábamos. El trato fue exquisito desde el principio. Te daban las gracias después de cada toma y teníamos las dietas incluidas.
¿Qué tal se comía?
Tampoco era nada del otro mundo, pero eran situaciones curiosas. Una vez comimos al lado de Sean Connery. Sólo comía uvas, queso y vino tinto.
¿Era muy maniático en otras cosas?
Al contrario. Parecía un tipo normal. Me cayó muy simpático porque tenía una gran calidad humana. En Eugui, se encontró a un perro callejero muy enfermo, lo mandó curar en un veterinario y se lo quedó como mascota.
¿Los demás actores también eran como él?
No, eran más estrellas en su modo de vida. Audrey Hepburn apenas se dejaba ver. Rodaba y se recluía en su camerino. Otro fenómeno era Richard Harris, que hacía de Corazón de León.
¿Se hacía querer?
No, lo que pasa es que bebía mucho. Las comidas sólo las acompañaba con whisky. Nada de agua. De hecho, rodando la escena en la que aparezco yo, él estaba tan ebrio que fue necesario repetir tomas y tomas durante horas.
¿Lo consiguieron?
Por supuesto. En la película en absoluto parece que el tío esté borracho.
¿Se metió en la historia?
No mucho. Tan sólo aparezco haciendo de bailarín cortesano y en un plano muy alejado. Luego llevo la cruz en el entierro del rey, aunque llevo la cara tapada. Además, se ven las cosas de manera diferente en la pantalla del cine. El rodaje es otra historia. Se filman las escenas sin orden cronológico y siendo extra es difícil hilar la trama. Tuve suerte y me hice con un guión en español.
¿Cobró un sueldo generoso?
Muy generoso, porque era una producción americana muy cuidada en todos los aspectos, y también en ese. Éramos como parte del equipo. Cobrar alrededor de 5.000 pesetas diarias es algo de lo que muy poca gente podía presumir en esa época.
Y luego llegó La conquista de Albania…
Era otra película totalmente diferente. Española, con menos presupuesto… Pero tampoco estuvo mal.
¿La experiencia le valió un papel más protagonista?
Bueno, por lo menos en esta peli tenía frase. Decía: “¡Vamos, vamos! ¡Que vienen!”.
¿Quién venía?
El enemigo. El filme iba de aventuras caballerescas. Estuvimos en Pamplona, Elizondo y Loarre, en Huesca.
Un pueblo famoso por los rodajes que se han hecho allí…
La verdad es que sí, se siguen rodando largometrajes en este lugar. El castillo da mucho juego. Una vez, volviendo de Loarre, vivimos una de las anécdotas que más recuerdo.
Dispare.
De vuelta a Pamplona, en un autobús, imagina cuarenta tíos con pelo y barba largos. A la altura de Puente la Reina de Huesca, nos paró un coche de la Guardia Civil. Aquello era un caos, porque iban todos con alcohol, porros… Era una situación con poco futuro.
¿Les registraron?
No, porque vieron las pintas que llevábamos y nos dejaron seguir. Hasta que llegamos a Pamplona no paramos de reírnos.
Y la última, La trastienda, con María José Cantudo, ¿no?
Sí. Esa se rodó por el casco viejo de Pamplona. Y, sinceramente, me parece la peor de las tres películas en las que participé. Se vendió mucho por el desnudo de la Cantudo, pero poco más.
¿Habló con ella?
Sí, y la vi caerse por unas escaleras.
Eso no se ve todos los días…
Fue en el Señorío de Sarriá, un mesón pamplonés muy conocido. Una noche, algunos miembros del rodaje fuimos allí a tomar una copa. Ella llevaba unos tacones altísimos y la cosa se complicó al bajar las escaleras. Bajó literalmente rodando.
¿Los extras también triunfan entre las mujeres?
Depende del caso. En Robin y Marian, mi amigo Álvaro Durruti y yo nos hicimos pasar por ingleses y venían todas detrás a pedirnos autógrafos.



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