Una historia de la SGAE

Todo cambia para seguir igual
Por Guillermo Méndez, el 25 de Junio de 2009, a las 8:00 am. 3 comentarios. Comparte

En el logotipo de la SGAE viene la fecha de su fundación... pero no cuentan su historia.

En el logotipo de la SGAE viene la fecha de su fundación... pero no cuentan su historia.

Si decimos “Sociedad General de Autores y Editores” es posible que mucha gente no sepa de qué estamos hablando. Si por el contrario decimos SGAE, es probable que la gente empiece a soltar exabruptos, hable de “ladrones”, de “mafia” y de “extorsiones”, y que alguno se arrancase y quemara un cedé. Pero posiblemente, siga sin tener ni idea acerca de qué estamos hablando.

Existen muchos mitos y leyendas acerca de la Sociedad General de Autores y Editores -no mentaremos a la SGAE por si acaso-. Ahora mismo es difícil encontrarse con gente que mire a esta entidad con buenos ojos. Y, los que hay son los propios miembros de la Sociedad o los grupos que han conseguido editar sus trabajos gracias a su ayuda. Para el resto empiezan a ser exclusivamente una “panda de ladrones”.

Pero esta institución tiene una larga historia y tradición. Allá en 1899, un 16 de julio de hace 110 años, un grupo de escritores, compositores y comediantes -esto son, autores- se decidieron a luchar contra los abusos de aquellos que se dedicaban a aprovecharse de la publicación y edición de sus obras -esto es, los editores- que actuaban de intermediarios. Cómo hemos cambiado. ¿O no tanto?

Un poco de historia

A finales del siglo XIX resultaba muy complejo estrenar o publicar una obra, por lo que se recurría a editores e impresores que eran los que tenían el dinero y las herramientas para hacerlo. Éstos “compraban” las obras para volver a revenderlas a los teatros. Algunos, como Florencio Fiscowich, se hicieron con un número de obras tan gigantesco que acabó imponiendo prácticamente en solitario sus condiciones a teatros, cafés o salones de conciertos para la representación de sus obras. Sus contratos eran exclusivos e hizo que los empresarios, autores y libretistas se plegaran a su voluntad para acceder a las obras de su inmenso catálogo.

Otros editores, sin tanto poder e influencia como Fiscowich, lograron atar a los creadores adelantando dinero por obras futuras. El editor trabajaba como un banquero, invirtiendo en autores, así se quedaba con los derechos sobre las obras y, entonces, pagaba insuficientemente a sus “clientes”.

Un libreto de Ruperto Chapí de finales de siglo.

Un libreto de Ruperto Chapí de finales de siglo.

El joven editor Foscowich, que había heredado las famosas galerías dramáticas -las de Alonso Gullón e hijos- estaba, sin embargo, instaurando un auténtico monopolio, ya que por ejemplo, tenía todo el material de orquesta en su poder. En cierto modo aquel que quería publicar, representar o estrenar cualquier obra tenía que pagar a Fiscowich. Me suena de algo…

El único que se dio cuenta del poder que estaba alcanzando el editor fue Ruperto Chapí. Este alicantino, con una larga tradición musical en su familia, era un compositor de zarzuelas que había alcanzado bastante fama a finales de siglo en Madrid. Él, como otros autores, estaba preocupado por la corta vida de los derechos sobre sus obras, ya que dejaban de recibir beneficios demasiado pronto por ellas. Y los intermediarios -los editores como Fiscowich- no ayudaban en nada.

Ruperto se negó a vender sus obras a Don Florencio, empezando a luchar por los derechos de los autores en los primeros movimientos asociativos, como la SACEM. En 1892 se fundó la Sociedad de Autores, Compositores y Editores de Música. Su objetivo era cobrar su parte correspondiente de los derechos de ejecución de obras y fragmentos musicales en lugares públicos, como los salones, tabernas, cafés o las plazas de toros -¿les suena?-. A esta sociedad pertenecían, como es lógico, tanto los músicos como los compradores de sus creaciones, en un esfuerzo de exprimirlas al máximo.

La SAE

Pese a ir en comandita, muchos de los autores recelaban del omnipotente Fiscowich, por lo que buscaron una nueva forma de negocio. Inspirado por la resistencia de Chapí, Sinesio Delgado, escritor palentino, sembró en 1899 la primera semilla de lo que después sería la SGAE: la Sociedad de Autores Españoles -SAE-.

Un busto de Ruperto Chapí, primer autor que luchó por sus derechos.

Un busto de Ruperto Chapí, primer autor que luchó por sus derechos.

Al igual que Chapí, Delgado se había dado cuenta de que los autores consideraban como parte de su trabajo la cesión de su obra convirtiéndose en meros mercenarios de los editores. Sin embargo, si ellos lograban gestionarlas podrían obtener más beneficios durante más tiempo. Entusiasmado con esa idea propuso a sus compañeros que cedieran la gestión de sus creaciones a la SACEM, que entonces estaba presidida por Chapí.

El fracaso fue rotundo, nadie se atrevió a desafiar a los editores. Por eso fue Sinesio el primero que canceló todos sus contratos y los cedió a la propia SACEM. El gremio, como a los grandes héroes, le consideró un fracasado y los editores presionaron para evitar que las obras gestionadas por los propios autores tuvieran éxito.

Con todo, pronto otros creadores fueron imitando al escritor palentino y Chapí creyó necesario una reforma de la SACEM que dejara fuera a los editores, para constituirse en un grupo de presión. El 16 de julio de 1899 quedaba constituida la SAE, iniciando una carrera por la lucha de los derechos -económicos- del colectivo.

Es curioso comprobar cómo cambian las cosas. A principios de siglo sólo se podía cobrar por publicación -venta directa de la obra que constituía un ingreso- o por representación. La SAE por eso comenzó a ingresar un 2% por las representaciones en lugares públicos, lo cual no es abusivo teniendo en cuenta que para los autores era un forma de ganarse la vida.

En el lado de los editores Florencio Fiscowich vio peligrar su gran negocio, por lo que contraatacó creando la Contrasociación o Asociación de Autores, Compositores y Propietarios de obras teatrales -sería algo así como AACPot-. Obviamente estas siglas perdieron el combate con la elegante SAE. Los autores consiguieron hacerse con el catálogo de Fiscowich por 300.000 pesetas de las antiquísimas. Ese cisma con los editores duraría hasta 1995, cuando se quedaría de forma definitiva las siglas SGAE.

La imagen de la S(G)AE

Esta es la historia del nacimiento de la Sociedad General de Autores y Editores. Toda una lucha por la libertad y los derechos de los escritores, libretistas y compositores de comienzos de siglo. Con el tiempo diversificaron sus labores como se diversificó el mercado. La comercialización de la música en formatos como discos, las cintas o el cedé, el merchandising o el crecimiento del mercado editorial generaron aún más beneficios a la Sociedad.

Placa conmemorativa a Sinesio Delgado, primer presidente de la SAE.

Placa conmemorativa a Sinesio Delgado, primer presidente de la SAE.

Aquel aumento desmesurado en sus arcas produjo que los cobros se relajaran. Resultaba miserable recaudar un 2% por la reproducción en lugares públicos cuando ya se estaba ingresando dinero por la venta de discos y demás. Esa etapa de oro quedó truncada con la llegada de internet. Esta vez no eran los editores los que se quedaban de forma “gratuita” con las obras, era peor. ¡Era el propio público!

El canon digital, las grabaciones a escondidas en bodas y bautizos o los cobros a los autobuses escolares por su música no dejan de ser pautas de actuación que tienen su inspiración en los primeros tejemanejes de Delgado y Chapí. Y es que muy pronto la SAE se convirtió en una lucrativa empresa.

Pérez Girones, que había sido director del periódico sevillano El Baluarte y uno de los grandes luchadores contra el monopolio de las galerías dramáticas, no tardó en denunciar los abusos de sus compañeros. De hecho llegó a editar en 1903 -la SAE sólo llevaba cuatro años de vida- un folleto con un título de lo más explicativo: La ganzúa literaria y la Sociedad de Autores. Estudio crítico de los procedimientos administrativos de dicha sociedad en relación con la Ley de Propiedad Intelectual. Todo un ejemplo de concisión.

En dicho folleto Girones no se andaba con chiquitas:

Los socios administrados están siendo objeto de indigna explotación por algunos de sus compañeros, que no inspira a todos una confianza absoluta la gestión de la junta directiva, y que existen ocultas influencias para anteponer los intereses de determinados autores a los de otros, injustamente postergados. Y por si todo eso no fuera poco aún, hasta se ha insinuado la amenaza de privarnos del derecho que nos asiste para autorizar o prohibir la representación de nuestras obras teatrales, que sería tanto como privarnos de su propiedad.

Sí, sé en qué estáis pensando. Eduardo “Teddy” Bautista no se hizo cargo de la Sociedad hasta 1983, aunque los malos modos ya se estilaban entonces. Pero con una diferencia. En 1904, debido a las presiones de sectores sociales y acusado de arbitrariedad y modos autoritarios, Sinesio Delgado dimitía de lo que había sido su gran proyecto.

Cómo hemos cambiado. ¿O no?

3 comentarios »

  • Senior el 21 de Mayo de 2009, a las 12:47 pm:

    Informaciones de fuentes sin confirmar anuncian que la RAE, va a hacer público en breves semanas que se ha borrado por falta de uso y aplicabilidad a la realidad, un verbo de la lengua castellana, el verbo dimitir…

  • angeld el 25 de Junio de 2009, a las 7:30 pm:

    A mi la SGAE me ha recordado al sindicato vertical, donde había que afiliarse ya fueras empresario o trabajador. De si se puede sacar algo digno de este tipo de entidades, sólo me viene a la cabeza algún libro de Mario Puzo o similar.

  • Tercera Opinión el 17 de Agosto de 2009, a las 12:33 pm:

    Pero lo que no se le puede negar a los miembros y empleados de la SGAE es que son profesionales, pues son capaces de llegar hasta el pueblo más recóndito y averiguar si se está realizando algún acto cultural que no haya pasado por caja.

    Te invito a leer mi artículo: SI LA SGAE VIGILASE LOS MONTES…

    http://www.terceraopinion.net/2009/08/16/si-la-sgae-vigilase-los-montes/

    Un saludo.

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